sábado, 16 de febrero de 2019

Qué hacer con dos millones de catalanes frustrados

El tema de los dos millones de catalanes (que no desaparecerán, se nos informa) frustrados ante el colapso del Procés surge recurrentemente en tertulias y en la prensa escrita. En un artículo de hoy, el magistrado de la Junta de Andalucía Miguel Pasquau Liaño aborda el asunto desde una perspectiva bastante original: el juicio a los líderes del Procés es, en cierta medida, también un juicio a la masa de partidarios del separatismo, que no se sentarán en un banquillo pero se identificarán con los imputados.

El enfoque es interesante, pero Pasquau se apoya en algunas falacias (no tan novedosas, todo hay que decirlo) que conviene desmontar. Comienza así interrogando:

¿A quién se juzga? En el banquillo hay sentados una decena de cargos electos catalanes (la presidenta del Parlamento, miembros del Govern y diputados) que ganaron unas elecciones llevando en su programa la promesa de hacer lo que hicieron, junto a dos líderes de movimientos ciudadanos (Sánchez y Cuixart).

Más allá del detalle técnico de que los políticos juzgados no llevaban la realización de un referéndum en su programa electoral, no se entiende por qué se insiste repetidamente en que hicieron lo que prometieron, como si esto de alguna manera excusara su proceder. España es un país de tan amplia libertad de expresión que cualquiera, incluyendo políticos, puede proponer ciertas actuaciones fuera del marco de la legalidad. Lo que no puede hacer es llevarlas a cabo. ¿Sería preferible que España prohibiera prometer la independencia, con lo cual ningún candidato podría engañar a su electorado con ese anzuelo? En mi opinión no. La mejor situación es la actual, en que no se restringe el activismo a favor de una idea que, sin embargo, de momento es inconstitucional concretar. Esta doble salvaguarda (del derecho de los políticos independentistas a la libre expresión, y del derecho del ciudadano a vivir bajo el imperio de la ley) parece desconcertar a Pasquau, para quien, aparentemente, todo lo que se permite en el dominio del discurso también tendría que admitirse en el terreno de los hechos.

Prosigue el magistrado:

Al menos dos millones de personas se sienten juzgados con ellos, se sienten encarcelados con ellos, y tienen un sentimiento de agravio y de injusticia. El tribunal va a juzgar a unos individuos, pero sabe que va a juzgar también a un movimiento social que los apoya inequívocamente. El Derecho necesita ficciones, y es una ficción la que determina que algunos estén acusados y expuestos a una larguísima pena de cárcel, mientras que los suyos están viendo el juicio por televisión.

Los políticos están siendo juzgados por sus actuaciones ilegales, no porque se los esté utilizando para penalizar a todo un movimiento. La prueba está en que aquellos separatistas de a pie que sí cometieron delitos, como Roger Español (quien arrojó una valla metálica contra el cuerpo de un policía), también están siendo sometidos a juicio, aunque no tan mediático como el de sus líderes. Distinto sería, claro, si todos los separatistas hubieran atacado a las fuerzas del orden, por ejemplo tomando el aeropuerto del Prat, el puerto de Barcelona o los pasos fronterizos. En ese caso, obviamente no se podría juzgar a dos millones de personas, y el independentismo habría triunfado.

Continúa Pasquau:

Por eso es verdad que se trata de un juicio político. Los políticos pueden delinquir, y por tanto ser juzgados y condenados, pero es cierto que la política es y debe ser un espacio especialmente privilegiado y protegido frente a la represión penal. Sería insoportable e inasumible que se condenase a los muchos centenares de miles de personas que se sienten representadas por los acusados, y por eso se ha seleccionado a los líderes, como si los líderes hubiesen provocado el movimiento, y no al contrario.

La realidad es lo opuesto de lo que describe el jurista. El proceso separatista es un movimiento de arriba a abajo, y las actuaciones en los momentos clave así lo confirman. Cuando los líderes dieron instrucciones a sus seguidores (20-SET-2017), las multitudes independentistas rodearon la consejería de Economía y obstaculizaron un registro judicial. Cuando los líderes no dieron ninguna instrucción (27-OCT-2017), las multitudes no hicieron nada. Si hubiera sido el movimiento el que obligaba a los líderes a actuar, el día de la declaración de independencia las masas habrían entrado al Palau de la Generalitat y arriado la bandera de España, por ejemplo. Pero no ocurrió.

En el futuro, con más sosiego y distancia de los hechos, se deberá reflexionar que el súbito aumento del independentismo del 10% al 47% del censo electoral que se dio entre 2010 y 2015 no fue tal cosa. La gente siguió votando a los mismos partidos de siempre, y lo que cambió fue que esos partidos, antes autonomistas, de golpe se declararon independentistas. Por eso, al juzgarse a los líderes no se está procesando a unos pobres señores que obedecían a un mandato; se está sentando en el banquillo a quienes conscientemente azuzaron a su electorado hasta hacerlo asumir una tesitura maximalista, creando una dinámica de la cual después no se pudieron apear.

Sigue el magistrado:

Médicos, estudiantes, abuelas, profesores, abogados, taxistas, enfermos, enamorados, conserjes, dependientes, cajeras, curas, técnicos de imagen, ingenieros: el movimiento independentista es tan transversal como la sociedad misma, y no puede admitir que se condene a quienes hicieron exactamente lo que querían que hicieran. Es un proceso penal, pero está basado en una ficción: la selección hecha por el escrito de querella.

Entiendo que los que hablan de la transversalidad del separatismo es porque no conocen mucho de esa "sociedad misma" a la que dicho movimiento dice representar. Si Pasquau recorriera L'Hospitalet, Cornellà o Tarragona capital se encontraría con un contingente muy minoritario de independentistas. Pero intuitivamente lo sabe, y en ese sentido es significativa la selección de profesiones que les atribuye, que incluye empleos de clase media pero no abarca a albañiles, cuidadoras de ancianos, barrenderos, limpiadores de letrinas ni, quizá más significativamente aún, parados. Los independentistas son gente glamorosa, no individuos vestidos con prendas económicas y a quienes les falta algún que otro diente. El separatismo es un movimiento de clases medias catalanoparlantes, cuyos líderes básicamente les dijeron: "esto es lo que ustedes tienen que querer; ¡exíjannoslo!". Pero claro, las revoluciones se hacen con gente desesperada, y en el caso de la independencia de Cataluña los desposeídos no están por la labor.

Concluye Miguel Pasquau Liaño:

Es un proceso penal, pero está basado en una ficción: la selección hecha por el escrito de querella. Cualquier abogado puede entender esa ficción, pero ¿cómo explicársela a los centenares de miles de personas que les agradecieron su determinación?

Cuando dos millones de personas creen que están viviendo en una república, lo que corresponde no es darles explicaciones, sino esperar a que salgan del trance.

viernes, 15 de febrero de 2019

El sketch de "humor" que TV3 jamás ha puesto en pantalla

TV3 es plural, a diferencia de las televisiones españolas... ¿suena familiar? Sabemos, sin embargo, que TV3 no es plural; es simplemente muy hábil en sus manipulaciones. La emisora pública pone en escena un simulacro, una apariencia superficial de pluralidad en la cual, en efecto, todas las ideas políticas están representadas... pero no en la proporción que les correspondería, ni son tratadas de la misma manera. Así, si en la población en general hay 47,5 independentistas por cada 43,5 partidarios del 155, la cantidad de tertulianos de uno y otro sector debería ser aproximadamente la misma. La realidad, sin embargo, es que normalmente hay 3 independentistas por cada constitucionalista, a los cuales se suma el presentador o presentadora como un independentista más. Además hay periodistas que comentan las intervenciones, también independentistas. La idea general que le queda al espectador después de ver esos programas es que hay unas pocas personas partidarias de la unión con España, pero que son apabullantemente superadas por los partidarios del separatismo. De pluralidad, nada.

Y lo que vale para las tertulias vale también para Polònia, el programa de humor estrella de la emisora. En estos días, muchos nos hemos indignado con el llamado sketch de Trifacho:





Veamos algunas de las ideas instiladas por este sketch de "humor":


  • España es una ideología. Y una ideología asimilable a la ultraderecha.
  • Ciudadanos es lo mismo que el PP, que a su vez es lo mismo que Vox.
  • Los tres partidos son de extrema derecha.
  • Los tres partidos odian a "los catalanes".
  • Los tres partidos son homófobos.
  • Los tres partidos son xenófobos.
  • Los tres partidos son machistas.


En otras palabras, es un sketch que acepta sin cuestionarlos los tópicos más denigrantes sobre estos partidos, deslizando además que no son válidos solamente para ellos, sino también para el conjunto de España.

Pero, se nos objetará, ¿no es esto humor? ¿El humor no debería permitir exageraciones, hipérboles, distorsiones o aun mentiras?

La respuesta es que efectivamente es humor, pero ese tipo de humor, en TV3, se dirige exclusivamente contra los partidos españolistas.

En este punto no faltará quien me apunte que TV3 sí hace humor a costa de ERC, PDECat, la CUP o la Crida. Y es verdad, pero no es ese tipo de humor. ¿De qué se ríe TV3 cuando hace mofa del separatismo? De cosas como estas:


  • No saben bien lo que quieren.
  • Se pelean entre ellos.
  • Prometen cosas que después no pueden cumplir.
  • Son ingenuos.
  • Son inútiles organizando cosas.
  • Desaprovechan sus oportunidades.
  • Sobreactúan su victimismo.


No digo que no sea de agradecer. Además lo hacen con mucho arte, y yo me río mucho con esas sátiras. Pero se trata de un humor amable, que en ningún momento apunta a hacer un juicio moral, y que tampoco apela a los tópicos (fundamentados o no) que los constitucionalistas blanden contra el separatismo. Un humor que va a reconocer que el independentismo no tenía nada preparado, pero nunca que deliberada, consciente y aun perversamente engañó a sus seguidores. Un humor que va a mofarse de las divisiones entre ERC y PDECat, pero jamás va admitir que el Procés fue una huida hacia adelante por no poder resolver esas diferencias. Un humor que pinta al votante independentista como ingenuo e idealista, pero jamás como un bobo al que le lavaron la cabeza y lo manipularon. Un humor que tiene vacas sagradas, que no va a tocar críticamente temas como la inmersión, que no se mofará de los políticos presos ni de los "heridos" del 1 de octubre y que ni siquiera va a mencionar el tema del odio separatista a España. Todo lo cual no digo que sea la verdad, pero sí que forma parte de los tópicos de "la otra parte", unos tópicos que, a diferencia de los de la parte independentista, nunca encuentran representación en el tan plural humor de TV3.

Sí, yo admito que se hagan sketches como el de Trifacho. Pero a condición de que se los equilibre con otros que desplieguen la misma mala uva, pero contra el independentismo. Va un ejemplo de cómo podría ser uno de tales sketches:

(Video de un catalán que grita “¡Fill de puta! Xarnego!” a un automovilista que derriba con su coche las cruces amarillas en la plaza mayor de Vic. La paraula "puta" debe ser reemplazada por un "pííííp".)
(Voz en off.)
No! Així no!
¿T'has aturat a pensar quantes vegades, arrossegat per l'emoció, dius les coses d'una manera que dona eines i arguments a l'estat opressor? Doncs tenim la solució per al teu problema. Apunta't a LLEIXIU.CAT, el primer curs online que blanqueja el teu discurs tornant-te'l políticament correcte.
No ho dubtis. Apunta-t'hi ara. Amb LLEIXIU.CAT aprendràs a blanquejar els teus més íntims sentiments respecte a Espanya, els espanyols i el castellà, fins al punt de crear la il·lusió que en lloc d'odiar ets tu l'odiat. No ens creus? Para atenció!
(A partir de aquí se ve un profesor con una pizarra detrás, que sin embargo no usará. Los ejemplos incorrectos aparecen en la pantalla en rojo y con una cruz; los correctos aparecen en verde y con una marca de chequeo. Cuando la frase es muy larga, sólo aparece una parte. Continúa hablando la voz en off; el profesor se limita a señalar las versiones incorrecta y correcta.)
¡Dels fills de pííííp, no en diguis xarnegos! ¡Digues-ne colons, i així farà l'efecte que no només no els explotes per un sou miserable, sinó que a sobre són ells els que t'exploten a tu! (RISAS)
¡No diguis "vull treure-li la oficialitat al castellà"; digues "vull defensar la meva llengua que està al caire de l'extinció"! (RISAS)
¡No diguis "l'escola ha de ser en català i els castellans que es fotin"; digues "la immersió és una eina d'integració"! (RISAS)
¡No diguis "els espanyols són bèsties amb forma humana"... bé, això sí que ho pots dir, sempre que sigui en un article de fa sis anys! (La frase, que estaba en rojo, se transforma en verde.) (GRAN RISOTADA)
¡No diguis "vull la consellera de mamelles més grosses"; digues "Vox és un partit masclista"! (GRAN RISOTADA)
I aquesta és només una petita mostra. A LLEIXIU.CAT comptem amb una base de dades de més de 1714 frases i conceptes per fer net i polit el teu discurs d'odi a Espanya. Recorda... LLEIXIU.CAT, el curs online que blanqueja el teu odi fins a fer-lo semblar amor!
(La pantalla cambia ahora a la declaración de Junqueras en el Supremo, en la parte en que dice "Amo a España, a su gente y a su idioma".
Gran risotada y final del sketch.)

Obviamente, mi capacidad de guionista es bastante limitada, y sé que TV3 lo haría mucho mejor que esto. Pero ¿lo hará alguna vez? ¿Hará alguna vez un humor no bondadoso, sino hiriente y punzante, contra el separatismo, los políticos presos, el odio a España de los catalanes "de tronco y raíz" y la inmersión lingüística? Hasta ahora nunca ha ocurrido, pero nunca es tarde.

martes, 12 de febrero de 2019

La piedra angular para debatir con el separatismo

Es obvio que al separatismo no se lo va a derrotar mediante el debate. Sería como tratar de vencer por esa vía al catolicismo, a la astrología o a los creyentes en la Tierra plana. Cuando una idea se basa en emociones y corazonadas y no en la racionalidad, poco se puede hacer desde el terreno de la dialéctica para hacer reflexionar a sus partidarios.

Dicho eso, creo que es útil hacer sentir a los independentistas una cierta incomodidad cuando se discute el tema de la secesión de Cataluña. Si se los coloca en la posición de pensar para sí mismos "caramba, este imbécil no ve la luz ni percibe la verdad evidente de que la independencia es la panacea; pero al mismo tiempo no me doy cuenta de cómo refutarlo", se conseguirá desalentarlos y, quizá, que desplieguen menos ardor en su proselitismo.

Pero ¿cómo lograrlo? Ellos tienen excelentes escuelas de adoctrinamiento (el propio sistema educativo, sin ir más lejos; o TV3) que les proveen de recetas para debatir. Saben cómo manipular y dar vuelta los argumentos razonables. Un ejemplo es este frustrante intercambio que cualquier constitucionalista habrá mantenido en la mesa familiar, en el tren o en Twitter:

—La independencia es imposible porque sus partidarios nunca sumaron más del 50% de los votos.
—No lo sabemos. Entre los comunes y aun entre los socialistas hay muchos independentistas. ¿Por qué no hacemos un referéndum y salimos de dudas?

Pero existe una manera de evitar esta manipulación del debate.

La clave, la piedra angular para debatir con el separatismo, es ponerlos a ellos en la situación de tener que demostrar que son mayoría. La carga de la prueba debe recaer sobre ellos. Y aunque con diferentes variantes, siempre es posible orientar el debate hacia ese punto, porque toda la argumentación separatista contiene, aunque esté bien oculta, la petición de principio de que el independentismo es mayoría. No debemos enredarnos en otras discusiones. Si disciplinadamente llevamos el debate a ese punto, tenemos asegurada la victoria, porque podemos señalar que el separatismo nunca superó el 50%.

Por supuesto que esto requiere identificar en qué paso de la argumentación separatista está oculta dicha petición de principio. Van abajo unos pocos ejemplos en forma de diálogo, cada uno de los cuales comienza con alguno de los argumentos habituales del separatismo.

Ejemplo 1: el derecho a la autodeterminación

—A Cataluña se le está negando el derecho a la autodeterminación, que está recogido en la resolución número tal de la ONU.
—Después debatimos si la autodeterminación es efectivamente un derecho, pero vamos a algo más primordial: ¿usted me está diciendo que Cataluña no se está autodeterminando en este momento?
—Es evidente que no, desde el momento en que más de dos millones de personas quieren irse de España.
—Dos millones es mucho, pero si un número aún mayor de catalanes estuviera satisfecho dentro de España Cataluña sí se estaría autodeterminando. Sólo podríamos decir que Cataluña no está ejerciendo el derecho a la autodeterminación si los que quieren marcharse fueran mayoría.
—¿Y por qué no hacemos un referéndum para salir de dudas?
—No, no. Usted fue el que dijo que Cataluña no se está autodeterminando, así que le toca a usted demostrar que los que quieren irse de España son mayoría. Si no puede demostrarlo, no hable de derechos denegados.
—Pero ¿qué manera habría de demostrarlo, si no es mediante un referéndum?
—Por ejemplo, si los partidos independentistas superaran el 50% del censo habría una sospecha fundada de que se está denegando ese supuesto derecho. ¿Ocurrió hasta ahora?
—Buena parte de los comunes son independentistas.
—Pero no votan un partido independentista. Las mayorías se demuestran con votos efectivos hacia una idea, no con especulaciones sobre los votantes de otras ideas.

Ejemplo 2: la necesidad de un referéndum

—Canadá y el Reino Unido resolvieron este tema de manera civilizada: mediante un referéndum.
—Pero los referéndums hay que hacerlos cuando hay una necesidad. ¿Cuál es la necesidad de un referéndum ahora?
—Un 80% de los catalanes exigen un referéndum. Podremos estar divididos en cuanto a la independencia en sí, pero nos une el querer decidir nuestro futuro por esa vía.
—Pero esa cifra es una encuesta del diario Ara. Las encuestas de El Periódico y de Cadena SER dieron guarismos distintos, en torno al 48%, cuando en vez de una pregunta binaria se daban varias opciones. Por otro lado, nunca hubo una manifestación en la calle en que se viera a ciudadanos no independentistas exigiendo un referéndum. ¿A quién creerle?
—Pero entre sí al referéndum y no al referéndum, gana el sí por 80%.
—Sin embargo, cuando tuvieron oportunidad de demostrar esa ansiedad por un referéndum con un acto concreto, como fue asistir al 9N o al 1O, menos de la mitad de los catalanes fueron a votar.
—Es que si el referéndum fuera de verdad...
—Sigue usted sin demostrarme por qué es necesario ese referéndum de verdad. Los referéndums no se convocan por las dudas, sino cuando hay una necesidad comprobable e inequívoca.

Ejemplo 3: el Estado no hace ninguna oferta

—Se podría resolver esto mediante la negociación, pero el Estado no ha hecho ninguna oferta. Se ha demostrado totalmente insensible a las reivindicaciones del independentismo y se ha enrocado en una negativa total a negociar.
—Pero es que así como hay algunos catalanes que quieren que el Estado haga una oferta, también hay otros que no desean tal cosa, como se demostró el 8O y el 29O, y el Estado no tiene derecho a pasar por encima de estos últimos negociando algo que va a ir contra sus intereses.
—Hay más gente que quiere que el Estado haga una oferta. Las manifestaciones independentistas han sido muchísimas más y más numerosas que las del unionismo.
—Las manifestaciones sirven para constatar la existencia de ambas posiciones en la sociedad. Que unas sean más numerosas que otras puede tener que ver con una mayor capacidad organizativa; pero eso no significa per se que representen a una mayoría de la sociedad.
—¿Y si hacemos un referéndum para salir de dudas?
—No, no; usted es el que está reclamando que el Estado haga ofertas; por lo tanto le toca a usted demostrar que los que quieren una oferta del Estado son más que los que no quieren que el Estado ofrezca nada.

La cuestión está, como se ve, en mantener el tipo y pedir evidencias positivas de que las exigencias separatistas cuentan con el suficiente respaldo social.

El Estado, de una manera intuitiva, ha sabido mantener el tipo. Lo que no ha sabido es explicarlo y comunicarlo de una manera contundente. En los debates, jamás se ha puesto al separatismo contra las cuerdas, reclamándole que justifique sus exigencias maximalistas con datos concretos respecto al verdadero apoyo que tiene en la sociedad. Pero lo que no hace el Estado sí lo podemos hacer los constitucionalistas de a pie en el ámbito familiar, de trabajo o en Internet. Simplemente basta con exigir a los separatistas pruebas concretas de lo que implícitamente afirman tener pero, con los datos en la mano, no tienen: una mayoría social.

sábado, 12 de enero de 2019

Referéndum: invirtiendo la carga de la prueba

La petición de principio es un recurso retórico consistente en dar por sentado, sin ofrecer una demostración, que una premisa es cierta, y a partir de ahí construir un razonamiento y extraer conclusiones. A veces, en un debate, ambas partes aceptan la validez de la premisa. En otros casos, en cambio, ella es aceptada por solamente una de las partes, y la falacia consiste en esconderla hábilmente en la argumentación para que la otra parte no se dé cuenta.

Los constitucionalistas nos enfrentamos frecuentemente con una de tales peticiones de principio astutamente disimuladas. Forma parte del argumento, inmediatamente familiar para cualquiera que haya seguido el debate sobre el independentismo catalán, de que España, si tan segura está de que el separatismo es minoría, no debería tener problema en convocar un referéndum y convencer así al sector secesionista.  Así se lo suele expresar:



Generalmente, la respuesta que se suele dar a este argumento es que en las elecciones autonómicas los partidos independentistas nunca obtuvieron una mayoría de votos; o que en un referéndum deberían votar todos los españoles, y no sólo los catalanes. Estos argumentos son sólidos, pero tienen el problema de situar la discusión en el terreno dialéctico que el separatismo quería. Ellos responden, en primer lugar, que entre los comunes hay muchos independentistas, que en un referéndum se unirían a la causa. A continuación agregan algo sobre Quebec o Escocia y con eso ya logran marear la perdiz y complicar el debate. No es este, a mi entender, el modo de responder a su argumento.

La respuesta idónea, y de la cual nunca nos deberíamos apartar, es señalar que los referéndums no deben convocarse para satisfacer el capricho de un grupo, por numeroso que este sea. Deben convocarse cuando hay una necesidad real de ellos, y en estos momentos no hay elementos que permitan afirmar con certeza que se necesita uno. Las experiencias de Quebec en 1980 y de Escocia en 2014 indican que los referéndums de independencia, lejos de resolver un problema, lo que hacen es sentar precedentes para que el grupo irredentista pida más referéndums. En el primer caso, los quebequeses organizaron una segunda consulta que estuvo a décimas de punto de quebrar Canadá, y solamente abandonaron su afán cuando la Ley de Claridad estableció que sería el Parlamento federal, y no la legislatura quebequesa, el que controlaría y arbitraría futuros referéndums definiendo las mayorías necesarias. En el segundo caso, la ministra principal escocesa Nicola Sturgeon volvió a la carga en 2018 reclamando una nueva votación bajo la excusa de que el Bréxit lo había cambiado todo, y ya hay pronósticos de que el Reino Unido se desintegrará en menos de diez años. Contrario sensu, no convocar un referéndum no parece tener consecuencias muy negativas en situaciones de empate social. Todo el alboroto de 2017-2018 no ha afectado mayormente a la economía española y ni siquiera a la catalana, que muestran, ambas, satisfactorios índices de crecimiento de empleo.

Pero si el referéndum no es necesario por consideraciones pragmáticas, ¿no lo será por motivos morales? ¿No se lo debería convocar para corregir una injusticia? Puede ser, pero primero se debería saber positivamente que esa injusticia existe. En las circunstancias actuales el apoyo a la idea de la independencia, rechazada por el Estado, no ha sido científicamente cuantificado. La petición de principio del independentismo es que una sociedad no puede convivir con esa duda, y que por lo tanto el deber del Estado es despejarla mediante una consulta a la población. Pero eso es invertir la carga de la prueba. Es el separatismo el que tendría que demostrar que su idea goza de suficiente apoyo social como para merecer una satisfacción estatal. No es fácil probarlo, pero tampoco imposible. Una manera sería tratar de que los partidos definidamente independentistas obtuvieran una cantidad de votos en elecciones autonómicas equivalente a la mitad más uno del censo. De esa manera sí que se podría argumentar un indicio de injusticia, y el separatismo tendría autoridad moral para reclamarle al Estado que mueva ficha (aunque aun así el Estado también tendría motivos sólidos para ignorar la reclamación, pero ese es tema de una futura entrada).

Por otro lado, hay una abismal falta de lógica en el planteamiento del separatismo. La convocatoria de un referéndum es una aspiración independentista. El Estado se opone, porque opina que el separatismo es una minoría social. La respuesta secesionista ("votemos y salimos de dudas") es irracional. Pretenden que el Estado demuestre que el independentismo es minoría otorgándole lo que le tendría que conceder si fuera mayoría. Y es al revés: el Estado puede darse el lujo de denegar la petición de un referéndum precisamente porque el independentismo no tiene respaldo social suficiente para forzar nada.

CONCLUSIÓN

La idea de que "alguna respuesta hay que darles" a los muchos, pero no probadamente mayoritarios, catalanes que quieren la independencia es esencialmente falaz. Como demostró el Bréxit, un referéndum es una peligrosísima e irreversible ruleta rusa, que jamás debería concederse simplemente por las dudas de que se esté siendo injusto con alguien. Si la magnitud de los agravios hacia Cataluña y los catalanes es tan monstruosa como se la está pintando, ello debería traducirse en apoyos contundentes e inequívocos a los partidos separatistas; unos apoyos que, por el momento, están lejos de materializarse. Justamente por eso es que el separatismo lo cifra todo a un referéndum: porque saben que en una combinación feliz (para ellos) de accidentes (recesión al momento de la convocatoria; declaraciones incendiarias sobre Cataluña de algún miembro de Vox; penalti mal pitado al Barça en la fecha anterior...) está la única posibilidad de obtener puntualmente en una jornada electoral un "voto cabreo" que tergiversara los verdaderos (esto es, insuficientes) apoyos que la idea de la secesión tiene en el día a día de la sociedad catalana.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Sobre el reciente y poco creíble amor al castellano del separatismo

Jenn Díaz es una novelista y diputada al Parlament por ERC. No me parece contradictorio ni de ninguna manera objetable que un escritor active en política. Hace años conocí personalmente a Maria Mercè Roca, cuya narrativa admiro fervientemente, y que en aquel momento también era diputada por ERC. Aunque me cortaría la mano antes de votar a esa formación, la autora gerundense me pareció una persona encantadora y su charla muy enriquecedora. En el caso de Jenn Díaz, no tengo el gusto de conocer sus libros, pero tampoco motivos para dudar de su calidad literaria ni de sus sólidos conocimientos en el área.

El problema, en todo caso, se suscita cuando algún notable del campo de la cultura aprovecha su autoridad en esa área para impulsar sus intereses políticos. En un reciente artículo en El Periódico titulado Rosalía, cultura catalana, Díaz examina el caso del éxito de Rosalía Vila, la cantante de Sant Esteve Sesrovires que descuella mezclando flamenco, pop y trap en trabajos íntegramente en castellano como El mal querer. Afirma la escritora:

'El mal querer' es, además de un canto a la liberación de la mujer, un disco con perspectiva de género, una descripción de lo que no debemos tolerar en el amor, además de todo eso, las canciones de Rosalía son cultura catalana. Sí, la cultura catalana también se expresa en castellano, y eso no significa que lo sea menos. La cultura catalana no siempre se expresa en catalán, y eso no debe acomplejarnos. Núria Graham o Estopa. Isabel Coixet. Laura Fernández o Rubén Pérez Giráldez. Eduardo Mendoza, Gabi Martínez. Sílvia Pérez Cruz y Maria Arnal con su propio mestizaje. La rumba catalana. ¿Alguien puede dudar de que la creación catalana no expresada en catalán no es, también, nuestra?
Debemos detenernos un momento y reflexionar, si apriorismos ni prejuicios, qué es y, lo más importante, qué queremos que sea la cultura catalana. Rosalía, nacida en Sant Esteve Sesrovires y formada en el Taller de Músics también es motivo de orgullo para los que amamos la cultura catalana, se exprese como se exprese. Soy incapaz de hacer diferencias, soy incapaz de elegir si una u otra.

Estamos, indudablemente, ante un operativo "ensanche de la base social" en marcha. Ejecutado, todo hay que decirlo, con una cierta altanería: nosotros, los de ERC, tenemos derecho a decidir qué es cultura catalana y qué no, y en el caso de Rosalía decidimos magnánimamente, pero también convenientemente para nuestros intereses, que sí.

Pero ocurre que Rosalía es cultura catalana en contra de todo lo que ERC ha sostenido políticamente a lo largo de su existencia. Rosalía es cultura catalana porque Cataluña es España, porque, como ha declarado la cantante,

“En Cataluña, la cultura andaluza se respira en cada esquina, vengas de donde vengas, seas quien seas. Yo me he criado entre hijos de inmigrantes andaluces. Uno no es solo aquello que le viene dado, también aquello que elige ser”.

Aunque exagera la artista (no veo yo mucha cultura andaluza en Balaguer o en Banyoles), sus afirmaciones son válidas para las grandes áreas metropolitanas de la comunidad autónoma. Por los motivos que sean, España llegó para quedarse, no como invasora ni colonizadora, sino como enriquecedora, aportando a la cultura local como no ha ocurrido a la inversa. Nadie puede decir que un castell descargado por el Casal Català de Burgos (de existir dicha entidad) sea cultura burgalesa, sino en todo caso cultura catalana ejecutada en la ciudad castellana. En cambio, el flamenco en Cataluña, que en principio era cultura española, ahora lo es también catalana porque ya es producido por nativos. Unos nativos que, al absorber dicha cultura, se refuerzan en su hispanidad, en unos lazos que ERC toda la vida nos dijo que no existían, o que en todo caso eran disolubles.

Jenn Díaz concluye su artículo con esta reflexión:

Una de las grandes riquezas de Catalunya es, precisamente, su diversidad. Y también debemos tenerla en cuenta, para no ser injustos ni estúpidamente conservadores, en cuestiones culturales. La cultura catalana que no se expresa en catalán no es una intrusa, nos define también como pueblo y nos hace la vida cultural del país diversa y ambiciosa. El día que la cultura catalana expresada en catalán no sufra el menosprecio del resto del Estado, podremos debatir sobre esta cuestión como deberíamos: con normalidad.

Hay dos aspectos interesantes en esta reflexión. Uno es la omnipresencia del victimismo, merced al cual aun los defectos que se admite que se tengan son atribuibles a España. Hace años, Salvador Cardús afirmó que la corrupción catalana era una consecuencia de la española. En un giro similar, Díaz admite que en Cataluña no se debate con normalidad el tema de la cultura catalana en castellano, pero es incapaz de asumir que ello se pueda deber a un déficit propio, sino que lo endilga a la intolerancia española. De esa manera, Díaz insinúa que los castellanohablantes en Cataluña deberían reclamarle a España, y no al nacionalismo catalán identitarista y excluyente, el vacío que se le ha hecho a su idioma.

El otro aspecto interesante es el planteo de una supuesta simetría: sí, hay falta de normalidad de un lado; pero del otro hay menosprecio. ¿Hay menosprecio en España de la cultura catalana expresada en catalán? Quizá sí, a título individual. Pero jamás ha alcanzado, en democracia, un estatus oficial ni tenido consecuencias prácticas para dicha cultura.

Veamos: en España es normal que productos culturales en catalán (o en euskera, o en gallego) sean premiados, subsidiados y promovidos por el Estado. Por ejemplo, España cuida a todos sus escritores, escriban en la lengua que escriban. Por eso, el Premio Nacional de las Letras Españolas ha recaído varias veces en autores en idioma catalán:

1984 – J. V. Foix (1893-1987)
1989 – Joan Coromines (1905-1997)
1998 – Pere Gimferrer (1945)
2000 – Martí de Riquer (1914-2013)
2001 – Miquel Batllori (1909-2003)
2002 – Joan Perucho (1920-2003)
2010 – Josep Maria Castellet (1926-2014)
2015 – Carme Riera (1948)

En comparación, el Premi Nacional de Literatura de la Generalitat de Catalunya, mientras existió (1995-2012), jamás fue otorgado a un autor de expresión castellana.

Similarmente, el Instituto Cervantes ha organizado infinidad de actos de promoción de Jaume Cabré, al que se lo presenta como "Catalan writer". En cambio, el Institut Ramon Llull, la institución equivalente catalana, ha organizado exactamente 0 actos de promoción de Ildefonso Falcones, exitoso autor catalán pero con la tara de escribir en castellano, cosa que no extraña cuando en las bases para acceder a las ayudas para desplazamiento de escritores no se establece como destinatarios a los escritores catalanes, sino que se otorga "Finançament de les despeses de desplaçaments d’escriptors/ores per a la realització d’activitats de difusió de la literatura en llengua catalana o aranesa fora del domini lingüístic d’ambdues llengües, per a les quals hagin estat convidats". Aun en los casos en que el Llull sí llevó a autores en castellano en una de sus delegaciones, fue por obligación, porque así lo imponían las reglas de los eventos a que los invitaban. Así, esto informaba El Periódico en 2013:

El Institut Ramon Llull viajará al Salón del Libro de París, entre el 21 y el 25 de marzo, con una delegación compuesta por 20 escritores cuyas obras se han traducido recientemente al francés: 13 de ellas escritas originalmente en catalán y 7 en castellano. La decisión corresponde a las características de la invitación como ciudad invitada a Barcelona. «Las reglas del juego son que allí va una ciudad que vehicula una creación literaria que se hace en lenguas diferentes», ha justificado el director del Llull, Vicenç Villatoro, quien argumenta a la defensiva la operación. «No se trata de ningún cambio de criterio o una traición (...) se deben aprovechar todas las ventanas que se abran para favorcer la visibilidad y la presencia internacional de la lengua y la literatura catalanas», sostiene.

Es penoso que el director del Llull, en lugar de estar orgulloso de los escritores en lengua castellana que llevará, tenga que justificar ante su público la decisión con un argumento del tipo "no hay mal que por bien no venga; seamos vivos que algo podemos sacar".

Pero es que aun saliendo del elevado ámbito de la literatura el menosprecio al castellano es moneda corriente. Así, un concejal de ERC de Barcelona, Jordi Portabella, se negó a asistir al pregón por las fiestas de la Mercè pronunciado por Elvira Lindo porque el mismo sería leído en castellano. Lejos de disculparse por este insulto vil a la lengua en que se desarrolla el 75% de las conversaciones barcelonesas, la plana mayor de la formación republicana apoyó sin reservas al edil sectario.

CONCLUSIÓN

En momentos en que el separatismo advierte que su porcentaje de votos no alcanza para consumar la ruptura, y en que se ven obligados a sumar gente por fuera de su mercado natural (casi exclusivamente catalanoparlante), se comprende que extiendan su mano de forma aparentemente generosa a quienes se expresan en castellano. Pero esa actitud aparece como forzada y falsa, a la luz del ninguneo e invisibilización permanente e implacable a que se ha sometido a la lengua castellana en Cataluña bajo el establishment nacionalista.

En los años del Procés, algún sector castellanoparlante (numéricamente no despreciable, aunque ni de lejos tan importante como les gustaría y nos han querido hacer creer) ha prestado oídos a ciertas voces y plumas separatistas que juran y perjuran que nuestro idioma sería respetado en una Cataluña independiente. Sería un craso error creerles. Por más que racionalmente se impongan ese propósito, en la hora decisiva su verdadera naturaleza saldría a flote. Como el alacrán de la fábula, si algún día nos decidiéramos a cruzar con ellos el río hacia Ítaca, finalmente archivarían sus promesas de amor lingüístico y nos terminarían clavando el aguijón ponzoñoso de su castellanofobia. Está en su ADN.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Lazos amarillos y libertad de expresión

Leo de la pluma de Josep Ramoneda --no un indigente intelectual, sino una persona pensante, con cuyas ideas puedo discrepar, pero serena y reflexiva-- un ataque a los quitalazos, las personas que a título individual o en grupos organizados se dedican a cortar y tirar las cintas de plástico amarillo que el separatismo cuelga rutinariamente de verjas, barandas, árboles y demás infraestructura pública. Así se expresa el articulista de El País:

Està en joc la llibertat d'expressió. La crítica i el qüestionament de les institucions i de les decisions que prenen és un dret essencial en democràcia, com ho és la natural iconoclàstia contra símbols i representacions de l'Estat. Una societat que no és capaç de generar la seva pròpia negativitat està anestesiada. Expressar mitjançant un símbol —els llaços grocs— la indignació que amplis sectors de la societat catalana senten contra la situació dels presos sobiranistes pot ser cursi, però és un exercici perfectament legítim de llibertat d'expressió. 

Y sigue:

Qualsevol que estigui disconforme pot muntar totes les campanyes i mobilitzacions que cregui necessàries per combatre-la. Però no destruir els signes amb què s'expressa l'adversari. Arrencar la paraula de l'altre és una agressió.

Hay dos aspectos a considerar aquí. Uno es si los límites de la libertad de expresión, que todos aceptamos que existen, no incluyen el abstenerse de usar objetos y elementos que son de propiedad de todos para expresar unas ideas que sólo representan a algunos. Yo puedo comprar espacios en vallas para poner la propaganda que prefiera, o utilizar el frente de mi casa para colgarla de allí. Nadie legitimaría que se quiten los lazos que la gente pone en su balcón. Pero otra cosa es que se coloquen tales lazos sobre, digamos, un busto en una rotonda. Después de todo, esa rotonda fue construida con el dinero del conjunto de la población: ¿por qué debe ver una parte de esa población símbolos con los que no está de acuerdo?

La respuesta estándar a esto es que si a mí no me gustan los lazos amarillos, puedo ir y poner mis propios símbolos. Hay algo deshonesto en este argumento. Lo esgrimen solamente porque saben que a los opositores al separatismo no nos interesa ejercer ese supuesto derecho. No queremos que el espacio público se convierta en un aquelarre de símbolos, y además consideramos que los lazos conllevan un perjuicio estético y ecológico. Las distintas ordenanzas existentes, que prohíben deslucir el mobiliario urbano, apoyan nuestro punto de vista, que además está apuntalado por el sentido común: nadie puede decir que la muralla románica de Tarragona, por ejemplo, no queda horrible adornada con tiras de plástico, como se ha venido haciendo desde el separatismo en las últimas semanas.

Pero admitamos que la necesidad de expresarse políticamente fuera tan extrema que justificara invadir el espacio público. Aquí es donde entra en juego la segunda cuestión: quitar los lazos ¿viola o destruye de alguna manera esa libertad de expresión?

Veamos: existe la libertad de expresarse. No existe la libertad de que lo que uno expresó permanezca en el tiempo. Si yo soy un pintor, tengo la libertad de pintar un cuadro en que Jesucristo aparece practicándose una vaginoplastia. Tengo también la libertad de contratar una galería para exhibir el cuadro y venderlo. Ahora bien; supongamos que un católico creyente adquiere mi cuadro y lo quema en público. ¿Violó ese comprador mi libertad de expresión? ¡De ninguna manera! Antes al contrario, él está ejerciendo su libertad de expresión al destruir algo que le parece ofensivo dentro de los límites de la legalidad. Distinto sería si yo hubiera conservado el cuadro en mi casa y ese creyente ofendido me lo hubiera robado para incinerarlo. Allí sí estaría cometiendo un delito: pero no el de coartar la libertad de expresión (que yo ya ejercí pintando el cuadro y exhibiéndolo), sino el de daños a la propiedad ajena.

Volviendo a los lazos, la libertad de expresión de quienes los instalan (de poseer legítimamente derecho a ello, lo que, insistimos, no es una hipótesis universalmente aceptada) queda ejercida en el instante mismo de colocarlos. Pueden sacar fotos y subirlas a Instagram; nadie se lo va a impedir. Pero una vez que los abandonan voluntariamente en la vía pública, sus derechos sobre esos lazos expiran y entra en juego la libertad de quienes quieren expresarse cortándolos con cúters. Decir que eso viola la libertad de expresión de los separatistas es como decir que Empar Moliner quemando la Constitución en TV3 viola la libertad de expresión de Miquel Roca o Jordi Solé Tura.

CONCLUSIÓN: Los que colocan lazos creen ver un perjuicio causado por quienes van atrás y los retiran. Habría que rebuscar mucho en la legislación para fundamentarlo. Pero ese perjuicio, de existir, no es a la libertad de expresión de los separatistas. Esta última se vería coartada solamente si se les impidiera anudar los lazos, cosa que no se ha hecho (no al menos masivamente). Por el contrario, impedir a los disidentes que retiren los lazos sí es una violación de la libertad de expresión, ya que se están restringiendo sus posibilidades de manifestar su disidencia. Acusarlos a ellos de limitar las opciones de los demás es un claro caso de lo que en psicología se conoce como proyección: atribuir a otros las miserias propias.

jueves, 29 de marzo de 2018

Prohibido ingresar con perros o hablando castellano

Una anécdota personal. Hace algunos años, cuando ya el Procés estaba firmemente establecido pero todavía no se había alcanzado el nivel de locura actual, coincidí con tres separatistas en un viaje a un país latinoamericano por motivos profesionales. Entre reuniones y reuniones, acudíamos al ámbito natural de las almas latinas: los bares. Pero hablábamos de temas culturales, no de política.

Un día entramos en una fonda cuyas paredes estaban abiertas al público para que se expresara libremente dejando allí mensajes. Los encargados mismos del establecimiento proveían los rotuladores. Los dos caballeros de la comitiva teníamos ínfulas poéticas, y las dos damas nos animaron a que plasmáramos algún texto de nuestra cosecha en aquellos inspiradores muros.

El caballero independentista no pudo con el llamado de la tierra, y escribió:

Caldrà, només, que volguem [sic]. Gosarem?
(Hará falta, solamente, que queramos. ¿Nos atreveremos?)

Y lo acompañó con el dibujito de una estelada. Los hechos han demostrado que sí que se atrevieron, pero que no bastaba con eso; pero esa es otra historia.

Yo, por mi parte, decidí cantarles a cosas menos elegíacas y más intimistas:


Cuando terminé mi labor, me di vuelta y comprobé que mis compañeros me miraban anonadados, lo cual me llamó la atención, dado que mi coplita no alcanzaba ninguna cota lírica remarcable. Finalmente, una de las damas abrió la boca, dirigiéndose a los otros dos:

—Buenu, és clar... Al cap i a la fi el castellà és la seva llengua materna.

Entonces, sólo entonces, me di cuenta del motivo de su estupefacción: yo había escrito en castellano, no en catalán como era mi patriótico deber. Pero como me tenían mucho cariño, se esforzaban por encontrar una explicación para el desatino, consistente en este caso en que yo ya venía lingüísticamente baldado de nacimiento.

Pasan algunos años y me encuentro el nombre de esa dama firmando uno de los múltiples manifiestos por los presos políticos que inundan cotidianamente mi casilla de correo electrónico. Curioso, la googleo para ver qué fue de su vida, y encuentro que ha publicado un artículo en el Diari de Tarragona. En el cual artículo arremete contra Inés Arrimadas en los siguientes términos (el resaltado es mío):

El titular últim d’Inés Arrimadas ha estat que menjant musclos a Bèlgica Puigdemont no respecta el Parlament i denigra la seva imatge. I aquesta és la gota que fa vessar el vas.
Perquè almenys per a mi, la gran, l’enorme falta de respecte, a banda dels musclos, és cada vegada que C’s parla en castellà al Parlament, on tots els partits, inclòs el PP, ho havien fet sempre en català.

Los miramientos que tuvo conmigo se ve que no los tiene con la diputada de Cs. Pese a que su lengua materna es el castellano, es una falta de respeto, y enorme, que lo use en el Parlament de Catalunya.

Y el mal ejemplo cunde. Veamos si no lo que se denuncia en Twitter, cuando Quico Sallés señala a una diputada socialista también por expresarse en español:


Nunca se habían atrevido a hablar castellano. Antes de que llegara Ciudadanos, los charnegos sabían mantenerse en su lugar, pero ahora los humos se les subieron a la cabeza. ¿Qué es lo próximo? ¿Que las empleadas domésticas exijan cotizar?

Cómo se echan de menos los tiempos en que la criminalización social del castellano no encontraba ninguna resistencia, y se podía escenificar la realidad paralela de una sociedad monolingüe catalana en el Parlament, administrando los escarmientos correspondientes cuando hacía falta (clic en la imagen para verla más nítida):




Es cierto que últimamente han comenzado a hacer un esfuerzo por disimular, y de tanto en tanto hacen protestas de respeto al castellano y se montan esperpentos como Súmate. Pero no engañan a nadie; a la primera de cambio la pulsión hispanofóbica los puede y muestran la hilacha revanchista contra el idioma español.

Si ni ahora, que tienen que portarse bien, pueden contenerse, no es difícil imaginar lo que ocurriría en una Cataluña independiente. A los castellanoparlantes se nos permitiría usar nuestro "lenguaje" en el ámbito privado, preferentemente en la intimidad (hasta es posible que se elaborara una ley permitiéndonoslo), pero se suprimiría cualquier vestigio de él en la esfera pública. Si hoy no lo prohíben no es por respeto a las minorías (mayoritarias, en este caso), sino sencillamente porque no pueden. Si fuera por ellos, el castellano estaría tan vetado en el Parlament como el ingreso con animales domésticos, armas o sustancias tóxicas.

Lo único que protege —y precariamente— los derechos de los hispanohablantes en Cataluña es la pertenencia a España. En momentos en que el separatismo habla de ensanchar la base social, sería bueno que se plantearan qué oferta creíble pueden hacer a los que, sin perjuicio de expresarnos correctamente en catalán, amamos nuestra lengua materna castellana; porque lo que han hecho y dicho hasta ahora, y siguen haciendo y diciendo, nos aleja cada día un poco más.

martes, 20 de marzo de 2018

Las ventajas de la victoria

Puigdemont está en Suiza haciendo un poco de internacionalización de conflicto. Coincidentemente con su visita, una televisión suiza emitió un "documental" bajo el título "Cataluña: España al borde de un ataque de nervios", que también se proyectó en la conferencia a la que asistió el Extremadamente Honorable. Un amigo separatista --especie que, me enorgullezco de decirlo, no está extinguida, aunque sí amenazada (por ellos mismos)-- me lo recomendó y allí fui:


No soy del todo impermeable al tópico de que los productos suizos destacan por su calidad. Sus chocolates me encantan. También tengo dos barritas de oro 24k muy monas de ese origen, una que me regaló mi difunto padre y otra que me la gané con el sudor de mi frente (aunque juro que no poseo ninguna cuenta en bancos helvéticos). Por algún motivo intuí que el "documental" no iba a alcanzar las mismas cotas de excelencia que los ítems mencionados.

Mi escepticismo resultó justificado. En buena medida el vídeo tiene ese regusto de publirreportaje de tantos y tantos trabajos de periodistas indolentes que quizá no simpatizan a priori con el separatismo catalán, pero que tampoco rebuscan mucho para oír todas las campanas, sino que se contentan con lo primero que encuentran. Y lo primero que encuentran es una horda de separatistas que les presentan productos muy fáciles de insertar, de los cuales los poco pertinaces periodistas suizos se sirvieron a discreción.

La estructura parecía calcada de TV3: entrevistados "de ambos campos", pero no en el mismo número ni de la misma naturaleza. Los separatistas eran más y decían cosas más incendiarias. Los constitucionalistas eran menos, menos variados y más moderados en sus opiniones. A la única política constitucionalista en activo entrevistada (Andrea Levy) los periodistas le repreguntan ("¿Valió la pena?", le inquieren, con relación a la represión brutal del 1-O), y además presentan aparte a un periodista que la refuta. Cuando entrevistan a Puigdemont no le preguntan si su malhadado experimento valió la pena.

Para cada tipo de constitucionalista había una contraparte separatista, pero no ocurría lo mismo a la inversa. Por ejemplo, entrevistan a Elpidio Silva, un exjuez que se ha posicionado firmemente en favor del separatismo, quien carga contra la corrupción del PP sin mencionar en absoluto la de CiU. El documental sí alude --en otro trecho-- a esta última, pero atribuyéndola a un derrame de la española: después de tantos años de corrupción en Madrid, finalmente también aparece en Barcelona. Ninguna mención de Banca Catalana, el caso Palau, el 3% ni ningún otro exponente de la corrupción indígena que ya desde los años 80 azotó a Cataluña. Por otro lado, tampoco se consulta a ningún juez constitucionalista que equilibre la sesgada visión de Silva.

Entre los periodistas entrevistados se cuentan algunos firmemente favorables al independentismo y otros neutrales, pero no entrevistan a ningún periodista decididamente constitucionalista. Así, le toman declaración a John Carlin, quien relata que fue echado de El País por un artículo --dice-- que publicó en The Times. Afirma que el nacionalismo español exige adhesión incondicional, y que un "moderado" como él no tiene cabida (Carlin es de aquellos cuya "moderación" consiste en decir "pero yo, personalmente, votaría en contra de la independencia", para a continuación repetir al pie de la letra los mantras separatistas, al más puro estilo Albano Dante-Fachín). Leyendo el artículo del Times, yo también lo hubiera echado, pero no por moderado sino por pésimo periodismo. En esa pieza de opinión hay de todo, desde la atribución unidireccional de culpas ("la arrogancia de Madrid explica este caos") hasta las adjetivaciones recargadas y manipuladoras ("El peligroso enfrentamiento actual entre los fanáticos españoles y los románticos catalanes nunca habría ocurrido si..."); tampoco se priva, por supuesto, de la cursi analogía de la mujer sometida ("lo que tenemos ahora es el absurdo cruel del gobierno de Madrid actuando hacia los catalanes como un marido que odia a su esposa y la maltrata, negándose a contemplar como ella le abandona, gritando “¡Ella es mía!”"). Para equilibrarlo, la TV suiza podría haber entrevistado a Gregorio Morán, protagonista de un caso exactamente simétrico cuando La Vanguardia lo echó por un artículo particularmente severo contra el nacionalismo, con la diferencia de que además lo censuró, dado que no le publicó el artículo. Aparentemente, los documentalistas helvéticos jamás se enteraron de la existencia de don Gregorio.

Otra periodista consultada es, valga la redundancia apelativa, Concita de Gregorio, la reportera italiana afincada en Barcelona que viajaba en el coche de Puigdemont cuando se cambió de vehículo bajo un puente astutamente burlando al Estado español el 1-O. Esta comunicadora proporciona tópicos, tópicos y más tópicos, lo cual viene de perillas a ese tipo de periodismo de investigación que busca atribuir los comportamientos individuales de una persona a características universales del colectivo al que pertenece. (Probablemente sea también un tópico calificar de "anglosajón" a ese periodismo, pero lo cierto es que este recurso sobreabunda en los medios de lengua inglesa.) Por ejemplo, cuando afirma que "en España para halagar a un catalán le dicen 'no pareces catalán'". Quien, como yo, ha recibido infinidad de veces el "halago" de "¿i com és que parles tan bé el català?" al revelar que era latinoamericano (como si ese origen redujera en una persona la capacidad de aprender idiomas) sabe que esas anécdotas no pueden elevarse a categoría, pero a de Gregorio (y a sus entrevistadores) es demasiado pedirles ese tipo de reflexiones, que además serían poco convenientes para el tono sensiblero perseguido.

Con todos estos elementos parecería que el documental tendría que terminar proyectando una imagen desastrosa para España y esplendorosa para el independentismo. Y sin embargo, en el balance final resulta bastante equilibrado. ¿Por qué?

La respuesta tiene que ver fundamentalmente con la victoria de la legalidad y el fracaso de las fuerzas golpistas. Los realizadores suizos, con todas sus deficiencias en cuanto a cómo se investiga un tema, sí tuvieron algo en claro: no se puede dejar al espectador con disonancias cognitivas. En este caso, la pregunta que quedaría flotando después de escuchar los testimonios pro-proceso es: si estos tienen la razón en todo, ¿cómo es que sufrieron una derrota tan ignominiosa? A la gente no le gusta que los malos ganen y los buenos pierdan, y si así ocurre alguna explicación hay que darles.

Sabedores de esta necesidad, los documentalistas buscaron análisis externos. Y aquí es donde la verdad se empieza a imponer. Los procesistas tienen bastante control sobre lo que pueda ocurrir en Cataluña, donde tienen copados los espacios sociales. Pero en el exterior, pese a los denodados esfuerzos internacionalizadores de la anterior gestión, su influencia es limitada, y tienen que confiar más que nada en los prejuicios que puedan tener los analistas. El problema es que estos prejuicios van en rápida disminución en la medida en que el tema catalán interesa y la gente se pone a estudiarlo de verdad.

Así, el documental recaba la opinión del periodista Jean Quatremer, y este describe a Rajoy y Puigdemont como "dos intelectos limitados", una combinación siempre peligrosa. También la del historiador Paul Preston, quien dice sin ambages que Artur Mas buscó un chivo expiatorio ante la impopularidad de sus recortes, y el órdago al Estado fue resultado de ese intento de desvío de culpas. Por otra parte consultan al eurodiputado Jean Arthuis, el cual describe cómo la huida de empresas le explotó en la cara a Puigdemont y califica como increíble que no lo haya previsto. Solitario entre estos opinadores extranjeros, el eurodiputado Mark Demesmaeker deplora la denegación por parte de España del derecho de autodeterminación a Cataluña, aunque su condición de nacionalista flamenco disminuye un poco la credibilidad de su valoración. Pero el mazazo definitivo a la imagen del independentismo catalán lo asesta otro eurodiputado, el mítico Daniel Cohn-Bendit. Este protagonista del mayo francés redondea la idea de que los movimientos separatistas que en Europa son, ya se trate de los de Flandes, Cataluña, Lombardía o el Véneto, no son sino el reflejo de sociedades opulentas que quieren compartir un poco menos su riqueza. Ante esta respuesta que satisface el criterio de la navaja de Ockham (explicación sencilla, lógica y de claridad meridiana de un fenómeno, cuando las demás son más complicadas o requieren amplias peticiones de principio), todo el edificio retórico amorosamente construido en el documental por Maite Aymerich, alcaldesa indepe de Sant Vicenç dels Horts, Gabriel Rufián, diputado separatista a las Cortes, o Carles Porta, biógrafo de Carles Puigdemont, se derrumba. No sólo por su endeblez argumental (las apelaciones sentimentales siempre pierden frente a los datos duros) sino por su calidad de parte interesada, que sólo aparece como verdaderamente evidente cuando se los confronta con gente que no tiene nada que ganar (ni perder) en el conflicto.

No es cierto que la historia la escriban siempre los vencedores. En este caso la estaba escribiendo un modesto equipo documental de la televisión de un pequeño país centroeuropeo. Pero sí es cierto que la verdad, cuando triunfa, obliga a recapacitar a aquellos escribidores de la historia que, en un escenario incierto o indefinido, muy probablemente se hubieran dejado enmarañar en las redes de la mentira.

lunes, 5 de marzo de 2018

Lo que dicen ahora vs. lo que decían entonces

A los triunfadores en cualquier contienda política, ideológica o aun militar se les recomienda una práctica muy saludable de cara a la convivencia: la generosidad en la victoria. El separatismo catalán le ha dado la vuelta a este principio, y en un ejemplo más de su continuo hacer de necesidad virtud está ejerciendo la generosidad en la derrota. Ahora, con su movimiento totalmente desarbolado, y no precisamente por la aplicación del artículo 155 sino más bien por las divisiones internas y las poco juiciosas decisiones tomadas, algunos líderes independentistas comienzan a manifestar una voluntad conciliadora que de ninguna manera exhibieron cuando, con ese autoengaño propio de quien comienza yendo de farol y termina creyéndose su propio órdago, sentían que la victoria estaba al alcance de la mano. Lo cual, lógicamente, está desencantando un poco a sus irreductibles seguidores, a quienes no les gusta esta nueva melodía que está tañendo el flautista de Hamelín.

En el día de hoy, las bases independentistas están poniendo a parir a Joan Tardà, el jefe de los diputados de ERC en el Congreso, por un artículo que publica en El Periódico bajo el título "Ni astucias ni huida hacia delante; ahora toca ser más". El artículo recuerda, cómo no, que España está haciendo todo mal, a diferencia de la actitud adoptada por otros países civilizados:

Por un lado, el modelo de Canadá en el que su gobierno llevó a cabo unos profundos cambios y transformaciones (hay que recordar que incluso hicieron del francés lengua oficial en todo el estado) para que una parte de los quebequois independentistas se sintieran cómodos en Canadá. Lo hicieron sin pactar con Quebec.

Quiero creer que por ignorancia, y no maliciosamente, Tardà tergiversa completamente la realidad histórica. Canadá oficializó el francés en 1969, mucho antes de los referéndums separatistas de 1980 y 1995. No fue, por ende, una transformación para dejar contentos a los quebequeses. Si alguna conclusión se puede sacar de ello es que el independentismo catalán no cejaría en su empeño aunque el catalán se hiciera oficial en toda España.

El otro ejemplo que brinda Tardà es el Reino Unido: la "fórmula pactada entre David Cameron y Alex Salmond para la celebración del referéndum sobre la independencia de Escocia". Ninguna referencia a cómo la afición de Cameron a jugar a la ruleta rusa de los referéndums terminó en el Brexit con la consecuente pérdida de la Agencia Europea del Medicamento (y lo que vendrá, que es imprevisible y por lo tanto temible).

Hasta ahí, victimismo y falsa analogía separatistas de manual. Pero más adelante Tardà hace, con la boca tan pequeña como puede, un reconocimiento de debilidad, al tiempo que abre su mano a otras fuerzas progresistas que se rehúsan a romper Cataluña:

No obstante, el independentismo solo tendrá éxito si entiende que debe acumular fuerzas ( "no somos bastantes" hemos repetido muchas veces). Para ampliar la mayoría social dos ideas son imprescindibles, sin las cuales nada tiene sentido: que Catalunya es y debe ser un solo pueblo en un marco de libertades, de progreso económico y de justicia social (este es el consenso social que se formó en la lucha antifranquista de la Assemblea de Catalunya y que el movimiento por la República debe atraer) y que necesitamos conocer el mejor camino para llegar a la cima y con quién hay que transitar por él. En este sentido, el republicanismo debe converger con las fuerzas políticas que también defienden el referéndum vinculante, lideradas por Xavier Domènech, y debe abrir vías de diálogo franco (el municipalismo puede ser un buen laboratorio) con el socialismo catalán del PSC de un Miquel Iceta que debe decidir si se planta o abona la involución de los derechos y libertades.

El desasosiego de sus fieles proviene de que haya osado sugerir contaminar la purísima composición química del independentismo con acercamientos heréticos a comunes y socialistas. Pero en el proceso, Tardà admite que el número de separatistas no alcanza para lograr sus objetivos. Es loable que lo reconozca, y hasta es posible que sea cierto que lo repitió muchas veces.

Pero no es lo que decía cuando sentían que podían ganarle el pulso al Estado. En octubre de 2016, en una entrevista con la revista Jot Down, esto declaraba el republicano:

Todo se basa en el mandato democrático. Si hay una mayoría, casi una mayoría o una incipiente mayoría de catalanes que consideramos que si nos gobernamos a nosotros mismos tendremos capacidad para construir mejor una sociedad distinta, no hace falta ninguna otra explicación. Después dependerá de las hegemonías, pero después.

Esto no suena como "no somos bastantes". Suena más bien como "puesto que tenemos mayoría parlamentaria, lo vamos a hacer sin rendirle cuentas a nadie". Esto se confirma en otro trecho de la entrevista:

—Pero ahora sí se tendrán que convocar unas elecciones y todos los catalanes tendrán que saber que son unas elecciones que están convocadas para que el Parlamento debata y apruebe una constitución. Quiere decir que los catalanes no independentistas tienen que tener el derecho a ganar y a decir si ganan: «Señores, como somos mayoría, este parlamento no hará la constitución.»
—¿Mayoría de escaños o de votos?
—De escaños.
—¿Como la del 27-S?
—Claro, porque aprobar la constitución de la república lo tienen que hacer los parlamentarios, es decir, los escaños.

Con todo el cinismo de que es capaz (y eso en el ámbito separatista es mucho), el Tardà de 2016 concedía a los no independentistas el derecho de evitar una constitución para una república catalana independiente solamente en el caso de que pudieran ganar en escaños, lo cual sabía muy bien que es imposible debido a la sobrerrepresentación legislativa que tienen las zonas carlistas de Cataluña donde el separatismo arrasa. En aquel momento, cuando se sentían poderosos e imparables, no tenían ningún remordimiento por no ser suficientes. Se aferraban al argumento legalista de los escaños. "La ley es la ley", parecían decir quienes, por otro lado, en otros debates sostenían que por encima de la ley está la democracia.

En otro pasaje de su artículo de El Periódico, Tardà propone:

Será necesario también que en el independentismo haya menos tripas y más cerebro.

Pero en la entrevista de 2016 preconizaba actitudes 100% viscerales:

—¿Ves una huelga de hambre de los diputados de ERC? 
—Perfectamente. De hecho, ¿qué harán cuando imputen al president Puigdemont? 
—Has dicho que es probable que pase tres meses en la Modelo. 
—Sí. Ya sabremos encontrar las maneras ingeniosas de hacerlo. 
—¿De pedirle al president que pase una temporada en la cárcel? 
—No, que si treinta mil personas se tienen que estirar cada domingo en la autopista se estirarán. 
—¿Crees que treinta mil catalanes harán esto? 
—Desde la liberación de París, ¿me sabrías decir alguna movilización parecida a las que hemos protagonizado? 
—Pero es una vez al año. 
—¿Me sabrías decir algún lugar de Europa o del mundo donde una vez al año hagan esto, aparte de aquellos que dan la vuelta a la piedra de La Meca?

Tenderse el fin de semana en la autopista no parece un procedimiento muy cerebral. Más bien de descerebrados. La súbita conversión a la cordura de Tardà se debe a varios factores, pero esencialmente a que llegó el 27 de octubre, el Parlament dijo algo de independencia y no hubo hordas de catalanes sedientos de libertad que tomaran el aeropuerto de El Prat. Por no haber, tampoco ha habido diputados de ERC en huelga de hambre, siendo que a los dos legisladores más prominentes de esa fuerza les vendría muy bien para su también prominente silueta. Es fácil jugar a la épica desde la redacción de un diario, pero para la épica de verdad se necesita desesperación (desesperación de verdad, no la impostada en Twitter), un activo en falta en la aburguesada Cataluña separatista.

Así es Joan Tardà, ese señor probablemente afable en su trato personal, pero que como político es falso y oportunista, no duda en proponer chantajes (como el de obstruir las vías de comunicación) y ahora tiende un puente hacia otras fuerzas porque no le queda otra, y no porque alguna vez lo haya animado un espíritu de concordia y consenso entre todos los catalanes. Es de esperar que ni CeC ni el PSC accedan a su interesada propuesta; sencillamente es inútil cualquier intento de negociación con estos epítomes de la deshonestidad. Más vale aplicar con ellos aquella otra máxima militar, la que se reserva para quienes jamás estarán interesados en conceder nada: al enemigo ni agua.

sábado, 24 de febrero de 2018

Una excursión lingüística virtual a la Cataluña profunda

Los que conocemos de primera mano la situación lingüística en Cataluña nos enfrentamos a diario con un argumento que desafía no sólo cualquier lógica o razonabilidad, sino lo que nuestra experiencia nos dice a gritos. Los estudiantes de Cataluña, afirman fuentes separatistas, terminan su educación secundaria dominando perfectamente el catalán y el castellano, y con un conocimiento de este último superior al de la media de alumnos españoles. Quienes esto sostienen presentan como evidencia los resultados de lengua castellana en diversos tests y pruebas que certificarían su alto dominio por parte del alumnado catalán, al menos en comparación con sus pares del resto del Estado. De esta manera se llega triunfalmente al corolario: las dos a tres horas de castellano que se imparten (según el nivel) en los colegios e institutos públicos de la comunidad autónoma bastan y sobran para asegurar la correcta absorción de este idioma.

¿Cómo se llega a estos resultados? Básicamente, a través de evidencia experimental no homologable. Por ejemplo, las Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU), que efectivamente incluyen un test de castellano, pero que poseen enunciados distintos en cada comunidad autónoma. No me extenderé mucho sobre este tema porque ha sido analizado de forma muy completa y rigurosa por otras fuentes, como esta. Pero sí quisiera incidir en dos aspectos poco comentados de estas evaluaciones.

En primer lugar, las pruebas se suelen calificar cuantitativa pero no cualitativamente. Si un alumno andaluz cometió diez errores y un alumno catalán cometió cinco, la "conclusión" sería que el alumno catalán sabe mejor castellano. Y no es así, ya que existen lo que podríamos llamar "errores castellanos" y "errores no castellanos". El expresidente catalán Puigdemont dio un ejemplo en su primera entrevista con Ana Pastor en El Objetivo de La Sexta. Puigdemont usó expresiones como "haiga" y "conduciera", por un lado, y "no hemos estado capaces" y "defensemos", por la otra. Si bien las cuatro constituyen errores, las dos primeras son errores posibles en castellano; las dos últimas, no. El que dice "conduciera" por "condujera" está hablando en castellano defectuoso; el que dice "defensemos" por "defendamos" directamente no está hablando en castellano. Son calidades de errores muy distintas, y sin embargo una prueba evaluada de forma puramente cuantitativa no tendría en cuenta esa diferencia.

En segundo lugar, las evaluaciones se centran en la lengua escrita, y por lo tanto no miden en ningún caso la fluidez en el habla, que nuestra experiencia indica que es donde fallan calamitosamente los estudiantes de la Cataluña profunda. Personas que se traban al hablar, que dicen una palabra por otra, que no encuentran la palabra, que introducen calcos del catalán..., todos estos tipos de hablantes pasan inadvertidos en los tests, que al ser íntegramente escritos permiten al examinando reflexionar, poner un sinónimo si no están seguros de un vocablo u ocultar inseguridades en la pronunciación de la s y la z. No sé si de forma consciente o no, pero los que proclaman el esplendoroso nivel de castellano de los estudiantes catalanes aprovechan la naturaleza escrita de los tests para negar la dolorosa realidad: alguien que no recibió más que dos horas de castellano en la escuela y que no lo practica en la calle se vuelve incapaz de hablarlo con soltura. 

Pero ¿cómo demostrarlo? Un análisis serio pasaría por diseñar encuestas que verdaderamente reflejen estas deficiencias. Personalmente no dispongo de los medios ni de los conocimientos para emprender un trabajo así, pero eso no quiere decir que no exista ninguna evidencia de ningún tipo. A continuación comentaré un material muy interesante encontrado en una red social que permite asomarnos al ancho mundo de los catalanes monolingües, para los cuales hablar en castellano constituye un verdadero dolor de cabeza.

Racó Català es un foro de adolescentes y adultos jóvenes mayoritariamente de las comarcas del interior de Cataluña y fanáticamente independentistas. En 2011, un usuario del foro, Cap_de_trons, lanzó una encuesta titulada "Us costa expressar-vos en castellà?" ("¿Os cuesta expresaros en castellano?"). Es la pregunta que jamás veremos en las PAU ni en las encuestas del Centre d'Estudis d'Opinió de la Generalitat de Catalunya; pero es que si las viéramos, las respuestas probablemente no serían sinceras. Es en un medio de independentistas donde los jóvenes monolingües pueden llegar a sincerarse en la creencia de que nadie los espía. A continuación vemos el resultado de la encuesta (hacer clic en la imagen para verla más nítida):


Como se ve, el 52% declaran que se expresan mejor en catalán y el 12% que el castellano "les cuesta un huevo", para un total de 64% a quienes les cuesta expresarse en español. Pero lo más interesante, sin duda, es la naturaleza de los comentarios de los usuarios. Tenemos así que la usuaria Skarly comenta:

Tot i viure al Baix Llobregat el meu entorn és catalano parlant, així que el castellà no el domino gens. Quan he de tenir una conversa fluida o profunda les passo putes, sobretot al principi, perquè em costa moltíssim canviar el xip. Sempre em veig com estúpida, perquè sento que no expresso el que realment vull dir, així que o bé acabo parlant en català, explicitant abans que si no s'entén quelcom se m'avisi o bé acabo la conversa i n'inicio alguna més banal
I també, de tant en tant em trobo que no entenc algunes expressions castellanes

Esta usuaria se ve como estúpida al no poder expresar lo que realmente quiere en castellano, en abierta contradicción con los defensores de la inmersión lingüística que le diagnostican un óptimo dominio de la lengua. Por no poder, ni siquiera puede entender completamente el idioma, ya que hay expresiones que no conoce. Tristemente, el sistema tampoco parece haberle garantizado un buen catalán, dado que comete un error gramatical al olvidar el de partitivo en "n'inicio alguna més banal", que debería concluir "... de més banal".

El forero Temps difícils, por su parte, testimonia:

M'expresso molt millor en català que en castellà. El català l'he parlat sempre i a tot arreu, i venint a estudiar a Barcelona he pogut comprovar que tinc un nivell de castellà molt més baix que la resta: em costa dir exactament el que vull, no em surten algunes paraules, vaig lent...
De fet, res que no sapigués, l'únic que aquí la gent el parla molt millor (i molt més sovint) i la diferència és molt més gran. A més, continuo sense utilitzar-lo gaire, només quan m'hi veig obligat. 

A este joven también le cuesta decir lo que quiere, no le salen las palabras y habla con lentitud. Es un excelente testimonio del desastre de la inmersión: se están creando distintas castas lingüísticas, dado que, como bien lo apunta, la gente de Barcelona sí que habla muy bien el castellano.

Otro miembro del foro, Porc amb curry amb arròs, manifiesta:

Jo fa anys que vaig deixar de parlar en castellà i ja de per si tenia un nivell bastant fluixet... així que imagineu-vos... tinc un accent català impresionant, no me surten algunes paraules i me costa un merder dir la "c" castellana (o m'esforço bastant o en comptes de palacio dic palasio...).
La paraula que em costa un merder de dir és ascensor. Proveu-ho!
I no és que no en sàpiga, el problema és que em fot un pal tremendo haver de traduïr cada frase. En algun viatget que he fet per les espanyes, si la conversa és prou llarga em canso mentalment, com quan parlo en anglès.

Aparte de sus dificultades de pronunciación, confiesa que al hablar en castellano tiene que traducir cada frase y que si la conversación es larga se cansa mentalmente, como cuando habla un idioma extranjero.

Seguimos con el comentario del participante Heavyata Rural, quien manifiesta:

Fa més de vint anys que només parlo en català. Només parlo en castellà una setmana a l'estiu, la del viatge de vacances, atès que sempre vaig a l'estranger . Soria, Teruel, Cuenca... Ah, i el camí de santiago de l'any 2000... 
I he de rumiar què dic, perquè no em surt espontàniament. Evidentment dec dir algunes expressions estranyes, i jo no me n'adono... I se'm nota l'accent català "de una hora lejos". Dic, no una paraula, sinó UNA lletra, i ja se'm nota, de debò.
Reconec que en aquests vint anys i escaig he perdut molt de castellà, malgrat viure al Baix Llobregat i veure les notícies de la sexta i altres cosetes esporàdiques a la tele, com la genial "aquí no hay quién viva" (la radio només l'escolto en català).

A este otro ejemplo de monolingüe no sólo le cuesta horrores la pronunciación castellana, sino que tiene que pensar lo que dice (no le sale espontáneamente) y piensa que sin darse cuenta dice expresiones extrañas, poniendo una vez más en entredicho la verdad aceptada del dominio seguro del catalán por parte de estudiantes catalanes.

Continuemos. El forero _25047_ nos cuenta:

M'han dit que tinc bastant accent, però les catalanades profundes les puc constatar (escobar per barrer, escaufar en comptes de calentar, súcar en comptes de azúcar... no puc evitar que se m'escapin si no m'hi fixo ). 
M'hi expresso bé si m'hi fixo i per escrit el domino, però si és informalment se'm fot pesat parlar-lo, i em surt hibridat i poc natural.

Este inmersionado declara dominar el castellano por escrito, pero se le hace pesado el registro oral, en que no puede evitar usar palabras catalanas, con el resultado de un habla híbrida y poco natural.

A continuación llamamos a testificar al usuario albert23, quien nos relata:

Veig que no sóc l'únic que no sap parlar castellà. Bé, de fet només l'he parlat quan he viatjat a Espanya: a Madrid o a Galiza. I a Madrid em van fer repetir més d'una i de dues vegades el que deia, ja que deien que no m'entenien. El meu accent és increïble. Tot i parlar castellà sembla que parli en català. El fet de només haver-lo parlat quatre vegades en tota la meva vida suposo que hi ajuda... me n'avergonyeixo i tot a vegades... És que de fet no he tingut mai una conversa mínimament llarga en castellà...

Directamente afirma que no sabe hablar castellano. Su manejo de la lengua es tan defectuoso que en Madrid le hicieron repetir más de una y dos veces lo que decía. Y se avergüenza de su bajo nivel.

Otros de estos jóvenes desmienten la noción de que "la lengua no es un problema en Cataluña". Veamos el comentario de Front Patriòtic:

Fa molt que no el parlo i tampoc no el llegeixo.
L'evito tant com puc per no embrutar ni infectar el meu cervell amb aquesta llengua de 400 milions de pobres que a més és la llengua de la metròpoli la imposició de la qual ha costat la sang a milions de catalans al llarg de la història.

Lo que este forero dice explícitamente —que no quiere infectar su cerebro con una lengua de 400 millones de pobres— es la ideología implícita detrás de muchos teóricos de la inmersión que declaran su amor por el castellano, al tiempo que encuentran que hay que eliminarlo de las aulas para no perjudicar el aprendizaje del catalán de los niños castellanoparlantes.

Esta ideología está presente aun en la minoría de foreros que sí declaran tener un buen nivel de castellano, como es el caso de arderyn:

M'expresso en català com en cap altra llengua, ja que és la meva llengua. El castellà per desgràcia, l'he après més del que voldria, ja inevitablement el tenim a sopa. I si, també m'hi sé expressar prou bé, tot i que la veritat és que no me'n sento gens orgullosa perquè ho faig a contracor, i per obligació. Preferiria parlar així de bé l'anglès o l'alemany, la veritat.

Esta joven el castellano lo aprendió más de lo que querría, y no está orgullosa, porque para ella aprenderlo ha sido una obligación, y no un deber derivado de la naturaleza bilingüe de Cataluña. Es un ejemplo más del para nada inusual fenómeno de catalanes que no registran la existencia de la mayoría de otros catalanes que tienen como lengua materna el castellano.

Se podrá decir, y con razón, que esta muestra no es una encuesta. Hasta se podría aducir que el 64% de personas que en este foro de internet declaran tener problemas con el castellano son una excepción no representativa de nada. Es correcto, pero el hecho de que existan estas excepciones es en sí ilustrativa de que algo falla. De los 8 millones de nativos de Andalucía o de los 6 millones de nativos de Madrid el número de personas que tienen que pensar al hablar en castellano es exactamente cero. Sería irrazonable pensar que hablantes de otro idioma puedan superarlos en castellano con sólo 2 a 3 horas de estudio del idioma, pero esto es lo que sostienen los defensores de la inmersión lingüística (y que las "excepciones" desmienten).

Yo, que he recorrido Cataluña desde el Ebro hasta Roses y desde Barcelona hasta la Vall d'Aran, tengo para mí que lo que recogí en esta entrada es la norma, no la excepción. En este momento existen en Cataluña dos grandes bloques lingüísticos: las áreas metropolitanas de Barcelona y Tarragona, donde la gente aprende catalán en la escuela y castellano en la calle, y la Cataluña rural, donde la gente aprende catalán en la escuela y también catalán en la calle. De esa manera, un sector importante de la comunidad avanza rápidamente hacia el monolingüismo. Un monolingüismo matizado, es cierto, debido a dos factores: uno, la gran similitud lingüística entre el castellano y el catalán; y otro, la presencia del castellano en los medios y las redes. El conocimiento del castellano nunca va a ser nulo entre los catalanohablantes nativos, ni les llegará a resultar una lengua extraña como a un italiano o a un portugués. Pero en la Cataluña rural sectores inmensos de la población están creciendo sin fluidez oral en el idioma. Todo esto alentado entusiastamente por las autoridades educativas y aceptado hasta con orgullo por los perjudicados por el sistema, que, como vimos, no pueden ni siquiera desenvolverse en Barcelona, al estar rodeados abrumadoramente de una lengua que ellos no terminan de dominar.

De esta manera, tenemos el fenómeno llamativo de un sistema, la inmersión, apoyado con mayor intensidad por quienes más damnificados resultan por él: los catalanes a quienes el uso equilibrado de lenguas en la escuela les brindaría una exposición al castellano que supliría la falta de contacto con el idioma en su entorno social. Sin adentrarnos en tesis psicológicas que no estamos capacitados para formular, sólo podemos extrañarnos de que un grupo muy numeroso cuyo horizonte social (y laboral) se reduce por no conocer el idioma mayoritario de su país apoye a quienes hacen todo el esfuerzo posible por que no lo aprendan.

jueves, 15 de febrero de 2018

Algunas verdades incómodas sobre la inmersión lingüística

Hoy trascendió que el Gobierno central, en ejercicio de sus funciones ejecutivas en Cataluña al amparo del artículo 155, planea establecer una casilla en el formulario de inscripción de niños a las escuelas para que los padres indiquen si quieren escolarizar a sus hijos en catalán o en castellano. Esto implicaría acabar de facto con la inmersión lingüística obligatoria, que es el sistema que hoy rige en la comunidad autónoma.

Las reacciones del separatismo no se hicieron esperar. Algunas contenían el habitual despliegue de hispanofobia, pero otras denotaban una genuina preocupación, como en este tuit del diputado al Congreso Gabriel Rufián, de ERC, él mismo castellanohablante:


Hay que valorar la diferencia entre una reacción irracional y este tuit. Rufián ofrece un argumento para rechazar el proyecto del Gobierno, y me parece importante examinarlo.

Existe un amplio consenso entre los lingüistas en el sentido de que la escolarización en lengua materna es el procedimiento óptimo para desarrollar plenamente el potencial de aprendizaje de un niño. De hecho es lo que recomienda la UNESCO, apoyada en numerosos trabajos académicos, tales como:


 De hecho, cuando en el Congreso de los Diputados se debatía, allá por 1978, la cooficialidad de las lenguas locales de las distintas comunidades autónomas, Ramon Trias Fargas, en nombre del grupo entonces llamado Minoria Catalana, defendió la educación en catalán para los niños catalanoparlantes en los siguientes términos:

[Hay] un principio pedagógico universalmente reconocido que es que la enseñanza, sobre todo la primera enseñanza, pero en general la enseñanza, en la lengua materna, es un postulado insoslayable. Es necesario sicológicamente, pedagógicamente, que los niños, que los jóvenes se enfrenten con los primeros conocimientos de la vida, con los primeros razonamientos, con el primer uso de la inteligencia en su lengua materna.

De modo que parecería lógico que, en un entorno donde ello sea posible, todos los padres pudieran optar por que sus hijos fueran educados en la lengua que hablan en casa. Ahora bien, ¿existe esto realmente como un derecho? La gran falacia del independentismo ha sido repetir, por activa y por pasiva, que ese derecho no existe, hasta llegar a criminalizar a quienes osen reclamarlo. Así, una exconsellera de Educación, Meritxell Ruiz, declaraba al diario ARA:

Amb l’ operació diàleg començada, quan vam demanar que suspenguessin els 6.000 euros per estudiar en castellà, la resposta va ser no. Però com s’ha vist amb la sentència del Tribunal Superior de Justícia de Madrid, ho tenim ben argumentat: no existeix el dret de triar la llengua. Ara, més que els 6.000 euros, el que em preocupa més és l’ambient que s’ha creat de carregar-se l’escola de Catalunya.

En tanto que Irene Rigau, otra antigua titular del área, manifestaba a La Vanguardia:

Quiero recordar que no hay ninguna sentencia que reconozca el derecho a elegir la lengua de la enseñanza. Este derecho no existe, pero se ha creado un imaginario sobre el que es el que conforman nuevas realidades políticas.

Ambas mintieron como bellacas (de existir este femenino). El derecho a decidir la lengua de escolarización de los hijos existe no ya en algún oscuro documento internacional sino en la propia Ley de Política Lingüística de Cataluña de 1998, que en su artículo 21, párrafo 2, establece:

Los niños tienen derecho a recibir la primera enseñanza en su lengua habitual, ya sea ésta el catalán o el castellano. La Administración ha de garantizar este derecho y poner los medios necesarios para hacerlo efectivo. Los padres o tutores lo pueden ejercer en nombre de sus hijos instando a que se aplique.

De modo que tanto el sentido común como los trabajos académicos como la legislación apuntalan el derecho de los padres castellanohablantes a requerir que las primeras letras les sean impartidas a sus hijos en castellano. Pero si se les enseña en catalán, ¿tendrá eso un efecto positivo para la lengua catalana? La lingüista Carme Junyent, autora de Vida i mort de les llengües, se permitía dudarlo en una entrevista para VilaWeb:

En ple franquisme es parlava molt més català que no ara, no? Quan tens la política en contra resulta que la llengua va fent... Quan en teoria tens la política a favor resulta que la llengua recula. Aquesta paradoxa ens hauria de fer rumiar molt. Segurament necessitem els polítics perquè dinamitzin la societat, però jo crec que les coses que vénen des de dalt, en qüestions de llengua, generen rebuig.

Esta sensación de que se hablaba más catalán cuando estaba prohibido que ahora que es obligatorio, que muchas personas que vivieron ambas épocas confirman, parecería refutar aun el argumento utilitario de que la inmersión es un remedio para la supuesta situación precaria de la lengua catalana.

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Y sin embargo, lo más criticable del tuit de Rufián no tiene que ver con las razones expuestas arriba.

Lo más criticable de ese tuit es la idea implícita de que los derechos educativos de una persona dependen del número de personas que hablen su idioma. La noción de que los niños castellanoparlantes de Cataluña, por el hecho de hablar una lengua "fuerte", tienen alguna particular obligación de asegurar la supervivencia del idioma de otros, y de que en función de eso tienen que renunciar a lo que psicólogos, pedagogos y lingüistas coinciden en recomendar: la educación en su idioma materno.

Es necesario que la comunidad de habla castellana de Cataluña reaccione contra este concepto perverso de que la educación está para salvar lenguas y no para asegurar el derecho individual de cada alumno a desarrollar al máximo su potencial de aprendizaje. Y es necesario que a ellos se unan los catalanoparlantes esclarecidos que comprendan que, como dice Junyent, con la coerción no se va a conseguir que se hable más su idioma.